El 2006 de Oaxaca

 

 

I

 

 

Ser�a insensato apresurarme a decir que sobre Monte Alb�n un viento rabioso con banderas de calaveras y noches acortinadas con balas y gru�idos hab�a acampado.

Casi como bolsillos enlamados y con sus las n�minas secretas descendieron amarradas al ayuntamiento y despu�s de haberse saciado y como drogadas con cuevas oscuras, abordaron las primera nube negra que los lleva hasta el z�calo

Otro viento rabioso avergonzado y con traje de cuchillos y zapatos de mazmorra, como tendiendo una red de �rboles renegados a su paso asqueroso, hizo que los meses se aglomeraran en las canas de los d�as.

Con el �otra vez� en la boca espumosa y desde los aromas de las banquetas adoloridas, el odio administrativo rasg� todas las vestiduras de la gente bien intencionada. Y sedientos de sangre y dinero se cortaron los ojos en cada esquina del viento de verano antes del plenilunio.

Las bestias sueltas asalariadas desgarraban las l�grimas del d�a y de la noche y anegaban los trajes de los banqueros en la corteza de los �rboles del centro.

Las voces de condena que ven�an de las leyes se arrimaron temerosas a las arcas de la naci�n y con billetes amarillentos en la boca y los ojos extendidos sobre la playa matutina de Puerto �ngel, se desangraron sobre la espalda de los magistrados.

Poco antes, las tumbas se hab�an rebelado contra la hojarasca, sin embargo permanecieron abiertas y sus fauces empezaron a tragar gente sencilla, estudiantes y maestros.

Las catacumbas de la muerte en forma de corbata se volvieron calabozos.

La risa y la algarab�a de los asesinos y corruptos comprados por la ignominia, que sus patrones le llaman respeto a las instituciones y apego a la ley, qued� embarrada en los edificios p�blicos y las catedrales y apestaba a c�rculo de monedas apaleadas con traseros de bur�crata.

La risa y la algarab�a de los asesinos poderosos embadurnaron con excremento el traje de sus ni�os y la mesa de su comedor vociferaba gusanos silog�sticos.

Todos sus diplomas apestaban a presupuesto malversado.

Todas sus mansiones se arremolinaron sobre la cola de los caballos del Apocalipsis mientras el pueblo con los a�os en el patio trasero enterraban a su pueblo en los libros de texto gratuitos.

 

II

 

Las monta�as que rodean a la ciudad de Oaxaca se han negado a enverdecer.

Tanto ata�d les mat� la simiente.

Sus rocas se desgranan con los filos de los discursos presidenciales, sus c�spides se sienten ultrajadas por los vientos sanguinolentos del congreso local, aunque la lluvia encorvada y sin pir�mides en la boca vocifera sus p�jaros rengos que se cuelgan de las escamas de la iguana sagrada.

 

Ya nos vamos, sentenciaron los patios vac�os y las escuelas aplastadas por las heces del s�trapa antequero.

Ya no queremos que nos aplasten mas, que nos hundan, que nos hagan el simiente de la ciudad.

 

 

III

 

Hoy como ayer la serpiente lucha contra el �guila, la iguana contra el halc�n, nuestras manos contra hierro colado, nuestro alimento contra la p�lvora y nuestras semillas contra sus balas.

Ya nada nos duele de tanto que nos duele todo. Nuestra estatura ya rebasa la de nuestro llanto.

El conejo de la luna se ha vuelto conspirador.

Los se�ores de Monte Alban cabalgan en sus estrellas, se van al universo paralelo del los colibr�es, el camino herido por trogloditas.

Laluna tatuada de caracoles subasta su luz a los herejes.

El camino de la paz lo crucificaron en un chiquero de fruta podrida para as� poder atragantarse con pistolas.

Todas las lenguas se arremolinan para arrasar al ignominioso encomendero de los s�trapas de la curva tasajeada con billetes moribundos.

 

 

IV

 

Ya me duelen mis pies de pisar el mismo suelo.

Mis alas se las rob� el balbuciente ret�n de marranos uniformados.

Nuestro destino ha sido perfeccionado por la muerte.

Las tormentas del resplandor amarillo mas que haraganear en los territorios se acuestan con las solicitudes a la representaci�n proporcional.

Ya el fuego empaca sus brazas, se retira del congreso de cobardes, se va la c�spide de las met�foras a bailar con las palmeras borrachas.

Nuestras tumbas arden su fuego eterno que nubla los atardeceres y las playas se estremecen a su paso.

Los chacales no cesan de excusar en sus firmas, sus mascaras negras evaden las miradas de los versos viciosos.

�Como seguir por la vereda alumbrada cuando las esquinas de los seres juegan a la baraja con las hienas?

El escarnio se trepa por las paredes para avisarle a los bancos que la pestilencia se va de vacaciones a las oficinas del averno.

Amontonados con las rocas amorfas los colibr�es tejen su tristeza.

Sus alas han sido amarradas contra los troncos de �rboles ignorantes y muertos.

Sus bellos cuerpos son martirizados con excremento que sale de los discursos por la democracia pac�fica.

Las torres del saber le aplastan sus bellas plumas.

Las flores de luto y sus hojas preparan un arsenal de terremotos que har� a las nubes perder su virginidad.

Todos los caballos que surcan las espumas del mar de los llantos acantilados ya caminan sobre las perlas de los documentos falsos que la ley arrastra con gases lacrim�genos.

Paso a paso la putrefacci�n produce mas monedas de oro que acabar�n con los rel�mpagos amedrentados por los orificios del cielo tormentoso.

La luz se prostituye con billetes del erario p�blico.

Los pizarrones de las escuelas se acuchillan uno a otro en la espalda enseguida de cada declaraci�n oficial de la democracia. No sale mas que podredumbre de las tinieblas.

Heces y m�s heces para alimentar los cimientos de sus mansiones p�lidas y de arquitectura renga con ventanas aburridas y drenaje atascado de billetes falsos.

Que hay del dolor en las cejas del universo sino el gatillo de la pistola arrastrada con gallinas drogadas.

Todos los gatillos de todas las pistolas van a comulgar para que el fuego de sus madres metan al mar en botellas azules porque el ciudadano se corta los pies sin murmullo y con la brisa no pueda intuir su venganza.

Los asesinos de amaneceres van y vienen de sus guaridas como si el sol estuviera atado a los billetes de loter�a.

Aparecen cabalgando sus infiernos cubiertos de permisos y mansedumbre y de sus asesinas armas cuelgan los anhelos de los humildes.

Esas bestias rabiosas se tragan todas las medias lunas decoradas con calles ocupadas. Con carteles alusivos al dolor humano se abren las narices para que el humo de sus fauces les suba el salario.

 

V

 

La familia de las bestias sedientas de sangre asalariadas beben sangre, fuego, humo y asambleas comunitarias.

Las familias de las bestias rabiosas y asalariadas se construyen con el miedo de la gente.

Las familias de las bestias asalariadas se roban los suspiros de cada ciudadano y lo meten en una jaula para limpiarse el trasero equilibrando en un escritorio legal sobre calaveras carcajeantes.

Las familias de las bestias asalariadas duermen sobre pistolas y se dan los buenos d�as con balas en lugar de dientes; desayunan sangre sazonada con monedas de plata y ensalada de cr�neos reventados.

Las familias de las bestias asalariadas toman c�cteles de gases lacrim�genos y un poco de lujuria cabaretera hipotecada al palacio municipal.

Nunca se dan la mano sino es con un cuchillo clavado en el cuello. Mandan a sus hijos a la escuela del terror montados en espadas sangrientas y su libros de texto son mojones apelmazados con crucifijos.

En lugar de besos les dan pu�etazos y patadas a sus hijos.

Que felices son las familias de las bestias sangrientas y asalariadas del gobierno que hasta las mariposas crecen pistolas en sus alas cuando pasan por la vereda de cuerpos putrefactos adornados con vasos de agua bendita que guardan en sus cajas fuertes.

Las familias de las bestias sangrientas y asalariadas se hincan ante sus patrones, los due�os del las esquinas donde el viento juega a ser estrella y les lamen las botas labradas de calaveras y tigres balaceados con piedras preciosas, sudor y lagrimas de la gente bien pensada.

No pierden el tiempo para recorrer el arco de la luz concubina de las columnas de los bancos sino queantes de terminar sus lambisconer�as se reparten en todos los hoyos de las ratas que hay en los mercados espurios y como tormenta planeada, arrastran la moralidad de los curas incondicionales de las heridas abiertas y expuestas a la constituci�n.

Tus asesinos a sueldo que se persignan todos los d�as y ante cualquiera imagen sagrada, cobardes e hip�critas desmedidos ser�n condenados a que se los coman los escritorios de los presidentes espurios.

Tu, ustedes esbirros y cazadores de espacios negros, de p�jaros esp�as, de r�os apenados. La curvatura del planeta los desprecia.

Tu y tu familia de depravados carniceros y sedientos de acabar con las puestas de sol ensangrentadas se pudrir�n en el basurero de la historia.

 

VI

 

Ya no hay l�neas en los libros de la ciencia que se calle su estupor ante los canallas que se sirven con la cuchara grande. Amordazadas las luci�rnagas se fruncen frente al espejo de Tezcatlipoca.

Los humos de las hogueras de cad�veres se arremolinan en el d�a de paga. Su patr�n el silencio, se acaba de dar un tiro en la bolsa de valores.

Los patios caminan hacia su arquitectura maldecida.

Desnudos los deseos, arrebatan a las curvas del destino su �nica geometr�a hija de la maldici�n de las mayor�as;

se desgarran sus pieles con camas donde las espinas de los gobernantes durmieron con la democracia y apelaron a las palomas de la paz.

Ramos de rosas podridas venden seguros de vida a la corte ciega que nadando en un lago de suero para diputados, se ahoga as� misma y las rosas se vuelven tanques de agua putrefacta.

Las distancias largas y cortas clavan sus ojos adoloridos a los rel�mpagos que acicatean a los caballos del Apocalipsis.

Montones de cajas fuertes con uniforme de soldado raso son sodomizados por los generales montados en tanques hechos con dedos triturados y cubiertos de confesiones bajo tortura sobre un firmamento de nubes violadas en camiones militares.

 

VII

 

El espejo de Tezcatlipoca cae sobre la ciudad y se hace a�icos.

Un mar ca�tico de reflexiones despierta a la ciudad.

El gobierno suelta a sus asesinos asalariados y les da infusiones de excremento para que soporten la ira del pueblo.